Los encuentros del azar

Al llegar a su casa, Inés escucho el impaciente sonido del teléfono. Había vuelto de prisa, pues a medio camino reparó en la falta de unos papeles sin los cuales no podía presentarse en su despacho; venía molesta por el retraso: la mañana iba a desordenársele y todas sus citas quedarían corridas. ¿Quién llamaría a esas horas? Entró y se dirigió a la mesita donde el aullido intermitente comenzaba a enronquecer. Del otro lado de la línea, Juan, soñoliento todavía, se acercaba con paso maquinal a la estancia desde la que, a su vez, era convocado por los timbrazos del teléfono: se había desvelado con los últimos retoques de cierto retrato que debía entregar por la tarde, y sólo el taladro plañidero del aparato telefónico con su incansable persistencia había logrado resucitarlo del fondo del sueño. En el mismo instante ambos descolgaron el auricular: Bueno dijo Inés, Bueno, dijo Juan. ¿Con quien quiere hablar? preguntaron al mismo tiempo. ¿Como que con quien quiero hablar si es usted quien está llamando? replicó Inés con un tono áspero en el que se advertía disgusto. Perdóneme, repuso Juan de modo conciliador, despabilándose apenas, pero yo no la he llamado: descolgué mi teléfono porque sonaba, porque usted, creo, marcó mi numero. Su voz, adormilada aún, daba crédito a sus palabras, las revelaba sinceras. Así que Inés, extrañada, pero admitiendo aquella explicación, agregó amablemente: Pues a mí me ha ocurrido otro tanto: mi teléfono sonó y lo descolgué. Ambos sonrieron y sin extenderse más, intercambiaron sus disculpas.

Juan bostezó, miró hacia el retrato recién terminado en la madrugada: una gota de aceite vencida por la fuerza de gravedad se había precipitado como una lágrima: la cara regordeta que flotaba en el espacio del lienzo se había arruinado. Tomó un trozo de estopa para absorver el exceso de humedad y, repasando el rostro con unos pinceles limpios, corrigió el desperfecto; se felicitó por el azar que lo había despertado justo a tiempo: antes de que la gota escurrida se hubiera secado haciendo indispensable repintar el retrato y acaso hasta diferir su entrega. Volvió a la cama complacido; pero ya no pudo conciliar el sueño o, por lo menos, no pudo hundirse profundamente en él: los pensamientos ocupaban el ligar de las imágenes, pensaba dormido en vez de soñar: una larga conversación con la mujer del teléfono lo mantuvo en estado de duermevela hasta la una de la tarde, cuando, harto de tanta vuelta inútil, decidió levantarse. En ese mismo momento, Inés mostró a la pareja que tenía ante su escritorio los papeles donde estipulaban las claúsulas de un divorcio. Yo estoy de acuerdo, dijo el marido. Pues yo no, dijo la esposa: la pensión alimenticia me parece baja. ¡Baja el treinta y cinco por ciento!, dijo el indignado, a usted abogada, ¿le parece baja? fue lo convenido, respondió Inés; pero si la señora no esta de acuerdo, les suplico pasen a discutirlo en privado, y señalo una puerta que abría una salita adonde los esposos entraron. Al quedarse sola. Inés clavó la vista en su escritorio y le vino a la mente el choque brutal que por la mañana había despedazado el automóvil que delante del suyo. Si cuando regresé a mi casa no me hubiera entretenido por culpa del teléfono, ahora no estaría aquí, pensó, mientras que del privado salía una retahíla de injurias: Cuarenta por ciento o no firmo nada.

Juan aflojó las uñas que sujetaban el lienzo al caballete y llevó el cuadro delante del espejo del baño: los ojos le habían quedado chuecos; levanto los hombros refiriendose al retrato dijo: Que feo estas cabrón; pero eres igualito a tu dueño. A un lado del botiquín, en la repisa de porcelana adosada a la pared había dos cepillos de dientes: uno pertenecía a Juan, el otro era el único recuerdo que el pintor conservaba de su última amante de planta: una morena de unos veinticinco años que se alquilaba de modelo y, eventualmente, según soplaba el viento, vivía tres o cuatro meses acompañando a alguien. Juan le había hecho decenas de bocetos, e incluso le había dibujado de cuerpo entero en una especie de acuarela pequeña, utilizando su sangre menstrual. Ahora , a un año de distancia, nada sobrevivía de aquel romance, salvo ese desflecado cepillo que Juan, a veces por indolencia y a veces por la vaga intención de llegar a usarlo como pincel, dejó olvidado en la repisa. Hacía tiempo que vivía solo y, aunque de su vertiente retratista sacaba más de lo necesario para irla pasando con holgura, no encontraba compañía, no digamos una mujer que le restituyera el entusiasmo para pintar esos fragmentos de mundo que alguna vez deseó, sino siquiera una por quien tomarse la molestia de abdicar a la mitad de su cama. Estaba Hastiado y sólo de cuando en cuando hacía el amor con alguna muchachita insulsa que levantaba en la calle, cerca de una escuela, o prostitutas profesionales que respondían a sus jadeos con frases que lo incitaban a apurarse.

El señor de rostro regordete quedó feliz con el retrato y agregó a lo pactado una propina que Juan se echó en el bolsillo junto con la tarjeta de otro señor interesado en que le hicieran una copia de la Maja desnuda de Goya. Esa noche, cuando Juan prendió un cigarro y fue a tumbarse en el sofá, frente a la nueva tela que ya lo esperaba en el caballete, Inés en su departamento cerró el libro que leía, apagó la luz de la lámpara y, con las manos metidas debajo de la sábana, jaló el cobertor a la altura del cuello. Ella también estaba sola; haría un par de años que su exesposo le había dicho: Qué tal si ahora que te recibas de abogada, llevas tú misma nuestro asunto y disuelves este vinculito legal que me tiene harto. Desde entonces, Inés, escarmentada por las delicias del matrimonio, se había prometido no volver a compartir su futuro ni su presente con nadie, ya que su pasado, que remedió, no podía enmendarlo.

Al principio atormentada por la castidad, había cedido a la insistencia de algunos compañeros del trabajo, pero con lamentables resultados que hasta llegó a extrañar la eyaculación precoz de su exesposo, pues a la insatisfacción en que la dejaban sumida sus fornicadores furtivos, tenía que añadir la tosca vulgaridad de sus modales y las ínfulas de sobre dotados con las que pretendían ocultar sus practicas de onanistas excesivos. Después prefirió sobreponerse a su necesidad de compañía: los asuntos del despacho se multiplicaban sin cesar y, a fuerza de escribir demandas, ir y venir a los juzgados, comparecer en las audiencias, retacar su agenda de citas, asesorar legalmente a una multitud indeterminada de miscelaneas con problemas fiscales y, en ocaciones, desempeñarse como defensora de oficio, logró desenvolverse en un mundo de conceptos jurídicos, actuarios, peritos, testigos, jueces, demandantes y partes, en donde no cabía ni hacía ninguna falta persona real que pudiera ofrecerle un poco de ternura.

El teléfono de Inés repiqueteó al pie de la lampara de noche; no lo hizo con el espasmódico sonido de siempre, sino con una intermitencia que parecía desesperar a cada instante. También el teléfono de Juan se desató con onomatopéyicos timbrazos, obligandolo a separarse del lienzo que estaba fondeado. Bueno, dijo él con fastidió, ¿Sí? respondió ella un tanto sobresaltada por lo inopinado de la hora. ¿Con quien quiere hablar? preguntó Juan, e Inés reconocio su voz.

-Oiga, ¿No es usted el mismo que me llamó en la mañana?
-Ah, es usted: de modo que se han vuelto a conectar nuestros teléfonos.
-Así parece, por lo visto las líneas están enloquecidas…
-Sí, así parece… Oiga, de todas formas me da gusto escucharla.
-Pues, a decir verdad también a mí: tengo algo que agradecerle…
-No me diga, a mí su telefonema me permitió arreglar cierto trabajo que traía entre manos…
-Pues a mí…

A partir de esa noche las llamadas se hicieron frecuentes, por lo menos una vez al día ambos teléfonos sonaban. Trataron de evitarlo: reportaron las líneas a la central telefónica y acudieron los técnicos a revisar los aparatos, pero no descubrieron ningún daño: tal vez en algún punto los cables se juntaban; pero era imposible saberlo, además no ocurría siempre; las otras llamadas entraban y salían con absoluta normalidad. Tuvieron que desistir. Tuvieron que aceptar esas llamadas caprichosas y, con el transcurso de las semanas hasta se hicieron a la idea de que el azar de esas conversaciones era inevitable. A veces platicaban largo y tendido porque los dos tenían tiempo y estaban solos y, en ocasiones, de forma rápida pero cortés, se despedían pretextando algún asunto urgente. Y aunque algo como la amistad empezó a germinar entre ellos, ninguno de los dos quiso nunca enterarse ni del número ni del nombre del otro. Aquellas llamadas casuales les parecían estupendas así: hablar con un desconocido de ciertas preocupaciones sin revelar fatuos detalles personales lo consideraban casi mágico: un regalo de la pura fortuna que se echaría a perder en el caso de que dependiera de un acto voluntario. Dejarse en el anonimato los invitaba a confesar con soltura los pliegues y escondrijos de sus vidas puestas a salvo por la clandestinidad de una madeja inextricable de líneas telefónicas trenzadas.

Pero el azar, no contento con reunirlos en laberinto de voces que entelarañan la ciudad, no conforme con ponerlos en contacto en la madrugada para hacerlos decir: Ah, es usted, estaba dormida, yo también y hasta luego; no satisfecho con la broma de crearles una expectativa de desahogo cada que el teléfono sonaba, decidió juntarlos en las calles, en los cines, en los teatros, en los restaurantes y en cuanto lugar se le antojó. Primero no lo notaron: Inés cruzó con su portafolios de la acera oeste de la Avenida de los Insurgentes y, obligada por los arbustos del camellón, tuvo que caminar hacia Juan que venía de poniente a levante, hacía ese punto al que ella corría. Permanecieron un minuto dándose la espalda: el rugido de docenas de autos y camiones los mantuvo ahí, sitiados, a poco menos de un metro el uno del otro, sofocándose con el humo de las gasolinas y el diésel. Al otro día, Juan ocupaba el asiento numero 17 de la fila D en la sala de un teatro, y ella a la tercera llamada entró con su boleto numero 18 de la fila D. Dos horas estuvieron codo a codo respirando el mismo aire viciado, sonriendo y complaciéndose con el personaje que se dejaba oír en los parlamentos del actor; dos horas con la atención enfocada al proscenio que simultáneamente los vinculaba y los aislaba levantado una pared de indiferencia entre ellos; dos horas rozándose, sin sospechar siquiera que el compañero de butaca era el interlocutor desconocido con quien esa noche comentarían la obra por teléfono y compartirían el asombro de haber asistido a la misma función.

Los encuentros se sucedieron con tanta frecuencia como las llamadas telefónicas y sus caras se les volvieron familiares, como las de los antiguos camaradas de escuela o de vecinos que concurren a horas precisas a la esquina donde se venden periódicos o al estanquillo al que se va por cigarros. Inés fue la primera en darse cuenta de que aquel hombre se le presentaba hasta en la sopa. Ella era mejor fisonomista y la figura de él resultaba fácilmente identificable: alto, desgarbado, y con unos rasgos que Inés no tuvo inconveniente en juzgar agradables. Luego, fue Juan quien se fijó en Inés, en la inexplicable frecuencia de sus apariciones. Vestida por lo regular con estilos sastres que la hacían lucir un poco aseñorada, se la hallaba en la cola de los bancos, en el ascensor del edificio público del que él salía para entrevistarse con el funcionario que le había pedido una copia mas sensual, más erótica de la Maja de Goya; con la cabeza mejor encajada, usted me entiende. En aquella ocación Juan le cedió el paso y tuvo que saltar fuera del elevador para que las puertas no lo prensaran, castigando así una gentileza inusual en él. Mas tarde, volvieron a coincidir en un café del centro: sus mesas estaban encontradas y al levantar la vista no pudieron reprimir una sonrisa seguida de un leve gesto de saludo. En el norte, en el sur, en todos los rumbos de la ciudad de México se veían. Le pareció atractiva, quizá un tanto baja de estatura, con los labios carnosos y los ojos enormes; aunque en definitiva no era su tipo: demasiada seria para hacer juego con las paredes bohemias de su estudio, tapizadas de un lado al otro de libreros, cuadros, repisas, con ídolos de jade y botellas de ron a medio vaciar.

Una vez soñó con ella: Inés disfrazada de maja con un vestido negro de siete velos y una chalina azul sobre los hombros, se materializó en un cuarto de hotel, y Juan, con una navaja de afeitar, le rasgó el vestido que se partió en dos como una cáscara de nuez dejando al descubierto su cuerpo blanco y tenso espantado por un frió instantáneo, le acarició los pechos breves: dos pequeñísimos montículos; le pintó con la lengua un rastro de barniz que prolongó hasta el bajo vientre, allá donde el vello de Inés era lacio y ocultaba un lunar que comenzaba a humedecerse dejando en la boca de Juan un sabor a sal fina que compartió con ella, cuando, despues de recorrerla, se prendió de sus labios. Inés cerró los ojos, clavó las uñas en las sábanas, su corazón dio un vuelco, los dedos de Juan la separaban, penetraban en ella temblorosos y la hundían contra la cama haciendo que su espalda arqueara. Soñó con ella, y soñó tanto, que ambos se despertaron a medianoche, cada uno en su casa, por completo excitados y deseando que sonara el teléfono porque, para ese momento, ya habían adivinado que la mujer que estaba en todas partes era la misma que llamaba, y que el hombre que la seguía como su sombra era el mismo que le hablaba cada rato.

Sin embargo, los teléfonos se mantuvieron muertos, inútilmente enraizados al muro de sus cables: ni un campanillazo, ni un sonido, nada. Amaneció despacio. Juan pensó que esa nostalgia por ella, que esa necesidad de oírla era una ridiculez. Ni siquiera la conocía, ignoraba su nombre, no tenía ninguna prueba para apoyar su creencia de que la mujer que a diario se encontraba y la del teléfono fuesen una, había un abismo, un barranco de asegunes entre la mujer que el azar le ponía todos los días delante y aquella con quien acababa de soñar. Este sueño es una pendejada, se dijo. Estoy hecho un imbécil evocando a esa pinche vieja que de seguro a estas horas esta dormida debajo de un galán. Y otro tanto le pasaba a Inés por la cabeza: había despertado completamente desnuda y con el cabello revuelto: su camisón yacía desgarrado en el piso. Ella no creía en las casualidades: los constantes encuentros con ese hombre y las llamadas de teléfono debían ser parte de su plan. Soy una tonta, se dijo, ni siquiera con mis vecinos me tropiezo tan a menudo. Lo pertinaz de ese azar contradecía el sentido común y cualquier ley de las probabilidades. No había inocencia. La inocencia, ella lo sabía por su profesión, era lo mas sencillo de fingir y, aunque el se mostraba tan sorprendido como ella cuando en cada desembocadura de calle se topaban, debía ser una mera fachada tras la que ocultaría algún propósito trivial: la intención de meterla en una cama y desfogarse.

Inés decidió romper el juego. La sensación que le produjo el sueñe en el que Juan la había poseído, fue demasiado vívida hasta muy entrada la mañana. Era una sugestión estúpida muy estúpida que le impidió concentrarse y le resto inteligencia a su trabajo. Al salir del despacho, ya convencida de que Juan la espiaba para aparecérsele en cualquier sitio, dirigió su automóvil por avenidas nuevas, cerciorándose por el espejo retrovisor de que no la seguían; se alejó de su trayecto acostumbrado e inclusive para hacer tiempo y no volver a su casa en la hora en que el teléfono solía sonar, se detuvo en un bar del camino. Sin embargo. ahí estaba Juan, con un vaso de ron entre las manos, y un cerro de colillas apagadas en el cenicero y con la visa fija en ella. ¿Como la esperaba ahí, si ni siquiera ella habría sido capaz de prever su decisión de ultimo momento? Él también se sorprendió. Por razones análogas a las de Ines había dejado su estudio: no quería recibir llamadas, sino despejarse de la imagen recurrente que todo el día se había estado asomando como una obsesión en los trazos de la Maja que intentaba pintar. Los pinceles, en franca rebeldía, no daban el volumen vasto de los senos de la Maja, sino esos dos minúsculos pellizcos de carne estremecida que él había acariciado en su sueño y que, pese a resultarle excitantes, no servían para satisfacer los gustos vulgares del funcionario que le hizo el encargo. Juan la invitó a sentarse. Inés vaciló: no sabía si aceptar o salir huyendo de esa urdidumbre de casualidades que la arrinconaban. Juan pronunció la única frase que podía retenerla: Le juro que no la he seguido. Yo tampoco, respondió ella a la defensiva y tomo asiento. Sobre la mesita se extendió un silencio más explicativo que cualquier cosa que pudieran decirse. El reparo en ciertos detalles de la silueta de Inés que corroboraban la precisión del sueño, y ella ruborizándose miró las manos de Juan: exactamente iguales a las que la habían acariciado. Al notarlo, Juan le preguntó: También usted soñó conmigo. ¿verdad? Inés asintió contrayendo los labios: no hacía falta decir más, para que referirse a las llamadas telefónicas, los continuos encuentros, el tejido de hipótesis que cada cual había abordado, si ambos estaban al tanto, si todo, hasta los sueños, lo regía la suerte. La fuerza de esa evidencia hizo que se experimentaran como un par de conejos caídos en una trampa, como dos muñecos enredados por unas cuerdas toscamente invisibles. No quiero prestarme a este juego, dijo ella, es absurdo. Más bien, dijo el, es un juego muy serio, un juego trágico… ¿El destino? dijo Inés irónica y recuperando incredulidad. Sí, el destino, repitió Juan y se quedo pensativo. No me haga reír, no soy una boba a la que va a embelesar con la historia de que nacimos el uno para el otro, de que existe un poder sobrenatural que se ha propuesto unirnos. Entonces ¿Como explica tantas coincidencias? Yo no necesito explicarme nada y, para demostrárselo, vea que soy capaz de irme, como no hay nada que me ate a esta silla, y se puso de pie.

Esa noche Inés descolgó el teléfono para asegurarse de que nadie la perturbaría y coloco ante si la demanda de divorcio que debía corregir: ya no era el treinta ni el cuarenta por ciento lo que exigía la esposa, sino el cuarenta y cinco por ciento del salario del marido. Las cosas que pasan, se dijo y de un tirón redactó el nuevo convenio. En los días que siguieron Inés procuró eludir las esquinas del azar, se rehusó a responder el teléfono. Con todo, a la menor oportunidad se topaba con Juan: cuando hacía el rodeo mas largo o cuando tomaba el camino mas corto, ahí aparecía el: parado debajo de un semáforo o cruzando la calle delante de ella. Además su imagen, su voz y, sobre todo, sus manos se le presentaban en la pantalla del televisor, en los expedientes que debían estudiar, en la pared de su despacho donde colgaba el título de Licenciada en Derecho, en cada rincón al que dirigía la vista, y en los sueños, principalmente en los sueños. No había noche en la que no fuera perseguida por nos lobos endiablados o por una bruja montada en su escoba o por una pandilla de lanceros en la que no surgiera él, siempre estaba él al final de un túnel o a la vuelta de un recodo o detrás de una puerta. Con frecuencia descubría pensando en la frase que le dijo en el bar “Un juego muy serio”. Esta frase y las llamadas telefónicas y los encuentros accidentales eran como un martillo, como una hacha que golpeaba en los cimientos de su vida edificada por entero sobre los tribunales y de los tribunales a las miscelaneas y de las micelaneas a su oficina y de la oficina a los códigos y de los códigos al carajo. Su vida aclimatada, su vida estable, su vida que reposaba en los conflictos de sus clientes, en las querellas de sus clientes, en laboriosas declaraciones fiscales y en un sistema en el que la mordida, el regalo y la sonrisa eran capaz de aplazar los tiempos o de adelantar los sellos en las oficialías de partes o de inclinar los fallos de justicia: toda la ínsipida naturalidad de su vida se vino abajo como un árbol troncado o como una alacena abarrotada de trastos de loza corriente.

Juan tasajeó el cuadro de la Maja, bebió una botella de ron y fue a dar a un tugurio donde confundió a una puta con una pitonisa: le preguntó por el significado de la vida, si creía en los designios, en el destino, en la providencia, en la buena y en la mala suerte; pero la puta se lo quedó viendo e hizo una seña a unos padrotes que fumaban en la oscuridad: Llévense a este cabrón, les dijo, esta muy pacheco. El cielo estaba nublado: no había luna, lo único que descollaba eran las luces rojas de las antenas de los edificios. Pinche firmamento, dijo Juan, y se quedó tirado en la banqueta.

Hacía una semana de su entrevista con Inés y, salvo habérsela encontrado en rápidos cruceros, no había podido hablar con ella: cuando el teléfono llamaba corría hacia el, pero del otro lado no había nadie, o era el señor de cara regordeta que le avisaba de un nuevo amigo interesado en un retrato o era el funcionario de la Maja a quien daba largas.

Inés sucumbió en la tenacidad del azar. Era inútil seguir escondiéndose, inútil proseguir con esa resistencia. Había descuidado su trabajo, había perdido el apetito y el sueño, había amansado una cadena de torpezas que ponía en peligro su emergente prestigio profesional. Salió a la calle dispuesta a encontrarse con él: fue al bar, se estaciono en la esquina donde lo había visto por ultima vez, llego puntual a su casa para contestar el teléfono, pero cuando ella entro, el salio a buscarla, cuando el se presento en el bar, ella lo aguardaba en la esquina, cuando el fue al teatro, ella subió el ascensor y cuando el bajo del ascensor, ella estaba en el café del centro mirando una silla vacía. Aquella persecución se volvió un infierno cada vez mas desesperante, pues los dos intuían que tal como le sucedía a uno le estaría pasando al otro. La ciudad de México era un maldito laberinto de cruceros a destiempo, de caminos que no coincidían y cada cual maldijo no haber averiguado nunca ala dirección del otro, su numero telefónico, o su nombre. Conforme transcurrieron los días, la necesidad de verse fue en aumento, haciéndoles errar por sitios cada vez mas apartados. A diario se topaban con cientos de personas que casualmente convergían con ellos en algún punto; pero ninguna era Juan, ninguna era Inés: eran rostros ajenos, disfraces con los que la muchedumbre pretendía en vano singularizarse: caras que se olvidaban en el acto. Cada día era mas insoportable que el anterior.

El deseo de verse, de hundirse en la cama juntos para llegar hasta el fondo del otro y saborearse el alma, se les volvía mas apremiante. Por la noche la soledad los fermentaba, sus ojos giraban en el remolino del insomnio; los abrían, los cerraban, las ventanas comenzaban a clarear, el amanecer los descubría sentados, medio muertos: el cansancio los doblaba como el pez a la caña de pescar.

Los dos sintieron que la antigua rutina volvía a instalarse, que por mas esfuerzo que hicieran para propiciar un encuentro o por mas que esperaran el teléfono no sonaría. Pues no existían ya ni un espacio, ni un tiempo comunes para ellos. Y, sin embargo, no podían regresar a sus vidas de siempre: en el despacho faltaba algo, en el estudio faltaba algo, en cada esquina y en cada café había un boquete, un agujero por el que se fugaban el brillo, la importancia y las ganas de vivir. Juan se plantaba de frente al caballete: de los pomos abiertos subía un perfume de aguarrás y aceite linaza. Inés abría el Código Civil, revisaba en su memoria las causales de divorcio. Todo era tan familiar, tan mortalmente repetitivo. Ahí estaban el rojo bermellón y el azul de Prusia, el abandono del hogar y el adulterio, ese color azul hecho cianuro y esa demanda de machote hecha tantas veces. Ahí estaba la costumbre a sus anchas y, aunque en el ultimo momento, Inés concentró su esperanza al descolgar el teléfono solo para recibir una llamada equivocada, y Juan comprendió que de ella no habría de conservar ni un cepillo de dientes dejado por descuido en la repisa, ninguno de los dos hizo nada…

Y poco a poco, ceñidos por la curvatura del destino, dejaron de buscarse…
Shakespeare

~ por xavierubermensch en octubre 5, 2009.

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