Estaba Guapísima

Estaba Guapísima como salida de las páginas centrales de un Playboy, maquillada y barnizada por unos conos de luz que bajaban del cielo señalándola, y con unos tacones platinados que añadían a si estatura real diez centímetros más de belleza, la vi pasar delante de mí. Era toda sensualidad y seducción; traía una larga y trasparente bufanda de perfume que se me prendió como una argolla de las fosas nasales obligándome a seguirla; avanzaba con un zapateo rítmico que desprendía del pavimento mensajes de amor en clave morse, polvo y chispas. Iba de norte a sur por la avenida de los insurgentes, los automovilistas detenían sus carros para mirarla, los transeúntes se quedaban atónitos o se sumaban al séquito de los que marchábamos tras ella, los tragafuegos proyectaban su lumbre entre quince y veinte metros soplando a todo pulmón, los limpiaparabrisas apretabán sus botellas de hule lanzando un chorro interminable de agua jabonosa, y en general los vendedores de semáforo dejaban caer estupefactos sus cajas de Klínex, sus charolas de muéganos, sus bolsitas de chichles, sus monos de peluche, sus rombos amarillos con letreros de “Suegra en la cajuela” o “Me 109 cito”, sus billetes de lotería, sus envoltorios de celofán con morelianas, sus caleidoscopios, sus carretes de hilo, sus alegrías, sus charamuscas, sus papalotes, sus máscaras de Blue Demon, sus llaveros pitadores y cuanto dije, juguete o algodón de dulce expendían.

Ella caminaba martirizando la banqueta con sus tacones de aguja, y con el sonido de sus peteneras, punta tacón, me llevaba como un zombi hipnotizado detrás de sus caderas. ¡Qué armonía de movimientos y qué manera de balancear las impurezas de este mundo!, qué aplomo para recuperar el paraíso, o por lo menos, qué forma de prometerlo y convencer de su existencia a todos los incrédulos.

Aquello era un verdadero acontecimiento, más importante que la firma de créditos frescos, que las campañas políticas, que los masivos emplazamientos a huelga; de hecho, el tránsito de esa mujer por Insurgentes estaba produciendo una huelga total de la industria del subempleo y cualquiera hubiera firmado un pacto con el diablo con tal de poseerla. Hombres, mujeres, ancianos y niños la miraban boquiabiertos: a más de cien maridos vi que sus esposas les cerraban la boca de una bofetada, a mas de mil mujeres noté que se les salía una lágrima de envidia que no supieron ocultar a tiempo, muchos cayeron infartados, algunos niños precoces quisieron renunciar a sus madres para irse tras ella, en la cara de los ancianos la nostalgia afloró abriendose paso entre los barrotes de las arrugas, en el rostro de los adolecentes irrumpía un acné súbito de granos y barritos que les reventaban la piel, en las puertas de los negocios la gente se asomaba para contemplar a aquella mujer que llevaba su belleza como un estandarte capaz de incrementar el turismo de nuestro país.

Hubiera querido alcanzarla, cerrarle el paso y presentarme; le habría dicho: Señorita, permítame hacerle una entrevista, soy reportero úcrónico, su recorrido esta conmocionando a la población, mire usted el embotellamiento que ha provocado, voltee, contemple a la multitud que le sigue; esta paralizando la vida comercial y los servicios a lo largo de esta avenida, ya se han defenestrado por lo menos tres personas que se estiraban mas allá de lo prudente por las ventanas de unos edificios, ¿qué se propone? ¿como se llama? ¿puedo acompañarla?, ¿qué va a hacer usted por la tarde, mañana, la proxima semana, toda la vida? La invito a comer, a cenar, a desayunar; le ofresco un cigarro, un café, una copa, mi mano, mi pie, mis horas favoritas.

Hubiera querido cercarla con miles de preguntas, todas por supuesto de corte periodístico y dictadas por mi más estricto sentido de responsabilidad para con mis lectores; pero cuando por fin me decidí alcanzarla, de nada me sirvieron mis credenciales, en cuanto le dirigí la palabra me traicionó mi condición de mexicano y no pude reprimir un “¡MAMACITA!” que venía desde mis raíces de clase; ella me dirigió a la cara sus cinco dedos ensortijados, más todo el antebrazo cargado de pesadas pulseras y me estampó la palma de la mano con tal fuerza que ya no supe más; supongo que rodé por la acera y me pisotearon sus admiradores, pues cuando desperté, ya de noche, por el hocico húmedo de un perro que me olisqueaba el cuello, me dolían las piernas y las costillas. Sólo me queda este recuerdo de las líneas de su mano impresas en mi mejilla, ojalá supiera algo de quiromancia para decifrarlas. Así, mientras escribo esta Ucronía y me aplico compresas frías para disminuir la hinchazón, no puedo dejar de pensar en que se me fue vivo el mejor reportaje de mi carrera periodística.
Guaú

~ por xavierubermensch en octubre 1, 2009.

2 comentarios to “Estaba Guapísima”

  1. Oye perdon por el bofetón! jajajaja
    Si era yo verdad?

  2. ¡Pero claro que eras tu y nada más que tu!
    La maquillada y barnizada cuyos taconazos en el suelo iban en sincronía con el palpitar de mi corazon…

    ¡Ya deja de espiarme y dejate ver más seguido!

    jajaja

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