El Grán Asesino

No voy a mencionar el nombre del difunto, pues su familia no me lo perdonaría. Tampoco daré ninguna pista exacta, ni nada que pueda servir para identificarlo. Diré tan sólo que era un amigo mío, uno de esos amigos que la muerte vuelve mas entrañables, pues la vida con sus momentos redundantes y sus caminos divergentes da poca oportunidad para querer a nadie. Era mi amigo y no puedo negarle este recuerdo dictado más por su peculiar biografía que por la nostalgia que me despierta su pérdida. Y es que son pocos los hombres que, como él, nacen para ser homicidas.

La aventura genética de la que resultamos la mayoría de nosotros hace que se combinen genes comunes y corrientes, y que se obtenga el resultado que todos conocemos: millones y millones de hombres adocenados o, si se prefiere, de hombres amillonados que repletan el mundo sin poseer ninguna gracia, ninguna característica especial.

Mi amigo era diferente, pues en su árbol genealógico se habían dado cita las mas diversas razas: entre sus antepasados había orientales de ojos rasgados y profundo sentido del honor. Había germanos de modales vikingos que evolucionaron por los alambiques de la metafísica idealista hasta posturas ideológicas nazi fascistas, había amerindios convencidos de ser los elegidos del Sol. Guerreros que debía alimentar con sangre humana a Tonatiuh resplandeciente, y había africanos de tribus nómadas del sahara, de esos de larga chilaba y cimitarra curva. Mi amigo era el fruto de todas esas furias acrisoladas por el mestizaje, el azaroso resultado de un montón de cruzas genéticas que hicieron de él un hombre fiero al estilo de un perro doberman. Que es un producto deliberadamente conseguido, para reunir los instintos más agresivos, el cuerpo mas esbelto y correoso, y una magnífica mandíbula apta para matar.

Todo el peso de su herencia biologica que parecía seleccionada con insana intencion, lo empujaba al asesinato; había nacido predestinado como el chacal, el tiburón o el leopardo y, como ellos, mataba no por perversidad, sino por un irrefrenable impulso que en su caso, obviamente, estaba tamizado por la reflexión. Así, no solo provocaba víctimas, sino ese caudal extraordinario de pensamientos acerca del crimen que fueron la base de nuestra amistad: su filosofía del homicidio, sus conocimientos de las armas, sus explicaciones anatómicas para determinar cada una de las zonas vulnerables del cuerpo humano y, más que nada, el complejo andamiaje de razones que desarrollaba para conciliar sus actos con sus convicciones morales… Todo ello hacía que nos pasaramos las horas charlando con enorme regocijo de mi parte, pues no era un simple asesino repugnante, un vulgar fortachón sin escrúpulos, de esos a quienes la sociedad induce a tomar el oficio por el mero hecho de poseer unas manazas adecuadas para aporrear, sino que tenía las cualidades perfectas para dedicarse al exterminio de sus semejantes. Dueño de una enorme intuicion con la que desnudaba el alma de sus víctimas para saber cual era el momento oportuno, la hora exacta en que las encontraría hartas de la vida y por lo mismo sin ánimos para ofrecer ninguna resistencia.
DrHB
Muy rara vez se lamentaba de su destino: se había diseñado un mecanismo de justificación según el cual se comprendía así mismo como un factor de equilibrio ecológico, como un ser que se integraba al cosmos con la elevada misión de producir sentimientos altruistas y humanizantes: El temor, la indignación, la compasión.

Solo cuando sus instintos lo forzaban a liquidar a algún amigo o a la mujer con la que había compartido su implacable visión del mundo y su lecho, se hundía en reproches: se llamaba a sí mismo traídos y alevoso, pues asesinaba a sus seres mas queridos con premeditacion y ventaja y, por lo general, con procedimientos sanguinarios de una crueldad que ni siquiera los peores periódicos y revistas de atroz amarillismo se atrevían a divulgar.

Yo aprovechaba esas ocasiones para verlo en persona, pues como se comprenderá, la amistad que le entregaba estaba exenta de recelos y las más de las veces se interponían entre nosotros el recurso del teléfono o del correo. Cuando me accedía a reunirme con el-por fortuna jamás me equivoqué- mi amigo estaba maniatado por el remordimiento y tranquilo como los animales peligrosos que acaban de comer: ni siquiera así era inofensivo: lloraba y, con una sinceridad que me enternecía, se quejaba de que su mal no estuviera lo suficientemente extendido como para que existiera una Asociación de Asesinos, equivalente a la de Alcohólicos Anónimos. Yo lo consolaba recordándole algunos de sus argumentos. Su genealogía, la tarea que la naturaleza le había asignado, su importante papel social, en fin, le señalaba sus propias manos para que observara la postura que por descuido había adquirido: como si estuvieran empuñando un picahielo o un revolver, y le hablaba del excelso poeta homicida, Francois Villon.

Era un gran asesino, uno de esos pocos hombres que nacen con la suerte definida, uno de esos escasos individuos en los que el destino es manifiesto y no como en la mayoría de nosotros, que somos un mero manifiesto del azar. Es una pena que un par de ladronzuelos de poca monta, como hay tantos, lo hayan matado de esa manera tan torpe: a cuchilladas en un callejón. Merecía otro desenlace: esa muerte es una paradoja que no puedo admitir.

~ por xavierubermensch en septiembre 28, 2009.

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