Los encuentros del azar

•octubre 5, 2009 • Dejar un comentario

Al llegar a su casa, Inés escucho el impaciente sonido del teléfono. Había vuelto de prisa, pues a medio camino reparó en la falta de unos papeles sin los cuales no podía presentarse en su despacho; venía molesta por el retraso: la mañana iba a desordenársele y todas sus citas quedarían corridas. ¿Quién llamaría a esas horas? Entró y se dirigió a la mesita donde el aullido intermitente comenzaba a enronquecer. Del otro lado de la línea, Juan, soñoliento todavía, se acercaba con paso maquinal a la estancia desde la que, a su vez, era convocado por los timbrazos del teléfono: se había desvelado con los últimos retoques de cierto retrato que debía entregar por la tarde, y sólo el taladro plañidero del aparato telefónico con su incansable persistencia había logrado resucitarlo del fondo del sueño. En el mismo instante ambos descolgaron el auricular: Bueno dijo Inés, Bueno, dijo Juan. ¿Con quien quiere hablar? preguntaron al mismo tiempo. ¿Como que con quien quiero hablar si es usted quien está llamando? replicó Inés con un tono áspero en el que se advertía disgusto. Perdóneme, repuso Juan de modo conciliador, despabilándose apenas, pero yo no la he llamado: descolgué mi teléfono porque sonaba, porque usted, creo, marcó mi numero. Su voz, adormilada aún, daba crédito a sus palabras, las revelaba sinceras. Así que Inés, extrañada, pero admitiendo aquella explicación, agregó amablemente: Pues a mí me ha ocurrido otro tanto: mi teléfono sonó y lo descolgué. Ambos sonrieron y sin extenderse más, intercambiaron sus disculpas.

Juan bostezó, miró hacia el retrato recién terminado en la madrugada: una gota de aceite vencida por la fuerza de gravedad se había precipitado como una lágrima: la cara regordeta que flotaba en el espacio del lienzo se había arruinado. Tomó un trozo de estopa para absorver el exceso de humedad y, repasando el rostro con unos pinceles limpios, corrigió el desperfecto; se felicitó por el azar que lo había despertado justo a tiempo: antes de que la gota escurrida se hubiera secado haciendo indispensable repintar el retrato y acaso hasta diferir su entrega. Volvió a la cama complacido; pero ya no pudo conciliar el sueño o, por lo menos, no pudo hundirse profundamente en él: los pensamientos ocupaban el ligar de las imágenes, pensaba dormido en vez de soñar: una larga conversación con la mujer del teléfono lo mantuvo en estado de duermevela hasta la una de la tarde, cuando, harto de tanta vuelta inútil, decidió levantarse. En ese mismo momento, Inés mostró a la pareja que tenía ante su escritorio los papeles donde estipulaban las claúsulas de un divorcio. Yo estoy de acuerdo, dijo el marido. Pues yo no, dijo la esposa: la pensión alimenticia me parece baja. ¡Baja el treinta y cinco por ciento!, dijo el indignado, a usted abogada, ¿le parece baja? fue lo convenido, respondió Inés; pero si la señora no esta de acuerdo, les suplico pasen a discutirlo en privado, y señalo una puerta que abría una salita adonde los esposos entraron. Al quedarse sola. Inés clavó la vista en su escritorio y le vino a la mente el choque brutal que por la mañana había despedazado el automóvil que delante del suyo. Si cuando regresé a mi casa no me hubiera entretenido por culpa del teléfono, ahora no estaría aquí, pensó, mientras que del privado salía una retahíla de injurias: Cuarenta por ciento o no firmo nada.

Juan aflojó las uñas que sujetaban el lienzo al caballete y llevó el cuadro delante del espejo del baño: los ojos le habían quedado chuecos; levanto los hombros refiriendose al retrato dijo: Que feo estas cabrón; pero eres igualito a tu dueño. A un lado del botiquín, en la repisa de porcelana adosada a la pared había dos cepillos de dientes: uno pertenecía a Juan, el otro era el único recuerdo que el pintor conservaba de su última amante de planta: una morena de unos veinticinco años que se alquilaba de modelo y, eventualmente, según soplaba el viento, vivía tres o cuatro meses acompañando a alguien. Juan le había hecho decenas de bocetos, e incluso le había dibujado de cuerpo entero en una especie de acuarela pequeña, utilizando su sangre menstrual. Ahora , a un año de distancia, nada sobrevivía de aquel romance, salvo ese desflecado cepillo que Juan, a veces por indolencia y a veces por la vaga intención de llegar a usarlo como pincel, dejó olvidado en la repisa. Hacía tiempo que vivía solo y, aunque de su vertiente retratista sacaba más de lo necesario para irla pasando con holgura, no encontraba compañía, no digamos una mujer que le restituyera el entusiasmo para pintar esos fragmentos de mundo que alguna vez deseó, sino siquiera una por quien tomarse la molestia de abdicar a la mitad de su cama. Estaba Hastiado y sólo de cuando en cuando hacía el amor con alguna muchachita insulsa que levantaba en la calle, cerca de una escuela, o prostitutas profesionales que respondían a sus jadeos con frases que lo incitaban a apurarse.

El señor de rostro regordete quedó feliz con el retrato y agregó a lo pactado una propina que Juan se echó en el bolsillo junto con la tarjeta de otro señor interesado en que le hicieran una copia de la Maja desnuda de Goya. Esa noche, cuando Juan prendió un cigarro y fue a tumbarse en el sofá, frente a la nueva tela que ya lo esperaba en el caballete, Inés en su departamento cerró el libro que leía, apagó la luz de la lámpara y, con las manos metidas debajo de la sábana, jaló el cobertor a la altura del cuello. Ella también estaba sola; haría un par de años que su exesposo le había dicho: Qué tal si ahora que te recibas de abogada, llevas tú misma nuestro asunto y disuelves este vinculito legal que me tiene harto. Desde entonces, Inés, escarmentada por las delicias del matrimonio, se había prometido no volver a compartir su futuro ni su presente con nadie, ya que su pasado, que remedió, no podía enmendarlo.

Al principio atormentada por la castidad, había cedido a la insistencia de algunos compañeros del trabajo, pero con lamentables resultados que hasta llegó a extrañar la eyaculación precoz de su exesposo, pues a la insatisfacción en que la dejaban sumida sus fornicadores furtivos, tenía que añadir la tosca vulgaridad de sus modales y las ínfulas de sobre dotados con las que pretendían ocultar sus practicas de onanistas excesivos. Después prefirió sobreponerse a su necesidad de compañía: los asuntos del despacho se multiplicaban sin cesar y, a fuerza de escribir demandas, ir y venir a los juzgados, comparecer en las audiencias, retacar su agenda de citas, asesorar legalmente a una multitud indeterminada de miscelaneas con problemas fiscales y, en ocaciones, desempeñarse como defensora de oficio, logró desenvolverse en un mundo de conceptos jurídicos, actuarios, peritos, testigos, jueces, demandantes y partes, en donde no cabía ni hacía ninguna falta persona real que pudiera ofrecerle un poco de ternura.

El teléfono de Inés repiqueteó al pie de la lampara de noche; no lo hizo con el espasmódico sonido de siempre, sino con una intermitencia que parecía desesperar a cada instante. También el teléfono de Juan se desató con onomatopéyicos timbrazos, obligandolo a separarse del lienzo que estaba fondeado. Bueno, dijo él con fastidió, ¿Sí? respondió ella un tanto sobresaltada por lo inopinado de la hora. ¿Con quien quiere hablar? preguntó Juan, e Inés reconocio su voz.

-Oiga, ¿No es usted el mismo que me llamó en la mañana?
-Ah, es usted: de modo que se han vuelto a conectar nuestros teléfonos.
-Así parece, por lo visto las líneas están enloquecidas…
-Sí, así parece… Oiga, de todas formas me da gusto escucharla.
-Pues, a decir verdad también a mí: tengo algo que agradecerle…
-No me diga, a mí su telefonema me permitió arreglar cierto trabajo que traía entre manos…
-Pues a mí…

A partir de esa noche las llamadas se hicieron frecuentes, por lo menos una vez al día ambos teléfonos sonaban. Trataron de evitarlo: reportaron las líneas a la central telefónica y acudieron los técnicos a revisar los aparatos, pero no descubrieron ningún daño: tal vez en algún punto los cables se juntaban; pero era imposible saberlo, además no ocurría siempre; las otras llamadas entraban y salían con absoluta normalidad. Tuvieron que desistir. Tuvieron que aceptar esas llamadas caprichosas y, con el transcurso de las semanas hasta se hicieron a la idea de que el azar de esas conversaciones era inevitable. A veces platicaban largo y tendido porque los dos tenían tiempo y estaban solos y, en ocasiones, de forma rápida pero cortés, se despedían pretextando algún asunto urgente. Y aunque algo como la amistad empezó a germinar entre ellos, ninguno de los dos quiso nunca enterarse ni del número ni del nombre del otro. Aquellas llamadas casuales les parecían estupendas así: hablar con un desconocido de ciertas preocupaciones sin revelar fatuos detalles personales lo consideraban casi mágico: un regalo de la pura fortuna que se echaría a perder en el caso de que dependiera de un acto voluntario. Dejarse en el anonimato los invitaba a confesar con soltura los pliegues y escondrijos de sus vidas puestas a salvo por la clandestinidad de una madeja inextricable de líneas telefónicas trenzadas.

Pero el azar, no contento con reunirlos en laberinto de voces que entelarañan la ciudad, no conforme con ponerlos en contacto en la madrugada para hacerlos decir: Ah, es usted, estaba dormida, yo también y hasta luego; no satisfecho con la broma de crearles una expectativa de desahogo cada que el teléfono sonaba, decidió juntarlos en las calles, en los cines, en los teatros, en los restaurantes y en cuanto lugar se le antojó. Primero no lo notaron: Inés cruzó con su portafolios de la acera oeste de la Avenida de los Insurgentes y, obligada por los arbustos del camellón, tuvo que caminar hacia Juan que venía de poniente a levante, hacía ese punto al que ella corría. Permanecieron un minuto dándose la espalda: el rugido de docenas de autos y camiones los mantuvo ahí, sitiados, a poco menos de un metro el uno del otro, sofocándose con el humo de las gasolinas y el diésel. Al otro día, Juan ocupaba el asiento numero 17 de la fila D en la sala de un teatro, y ella a la tercera llamada entró con su boleto numero 18 de la fila D. Dos horas estuvieron codo a codo respirando el mismo aire viciado, sonriendo y complaciéndose con el personaje que se dejaba oír en los parlamentos del actor; dos horas con la atención enfocada al proscenio que simultáneamente los vinculaba y los aislaba levantado una pared de indiferencia entre ellos; dos horas rozándose, sin sospechar siquiera que el compañero de butaca era el interlocutor desconocido con quien esa noche comentarían la obra por teléfono y compartirían el asombro de haber asistido a la misma función.

Los encuentros se sucedieron con tanta frecuencia como las llamadas telefónicas y sus caras se les volvieron familiares, como las de los antiguos camaradas de escuela o de vecinos que concurren a horas precisas a la esquina donde se venden periódicos o al estanquillo al que se va por cigarros. Inés fue la primera en darse cuenta de que aquel hombre se le presentaba hasta en la sopa. Ella era mejor fisonomista y la figura de él resultaba fácilmente identificable: alto, desgarbado, y con unos rasgos que Inés no tuvo inconveniente en juzgar agradables. Luego, fue Juan quien se fijó en Inés, en la inexplicable frecuencia de sus apariciones. Vestida por lo regular con estilos sastres que la hacían lucir un poco aseñorada, se la hallaba en la cola de los bancos, en el ascensor del edificio público del que él salía para entrevistarse con el funcionario que le había pedido una copia mas sensual, más erótica de la Maja de Goya; con la cabeza mejor encajada, usted me entiende. En aquella ocación Juan le cedió el paso y tuvo que saltar fuera del elevador para que las puertas no lo prensaran, castigando así una gentileza inusual en él. Mas tarde, volvieron a coincidir en un café del centro: sus mesas estaban encontradas y al levantar la vista no pudieron reprimir una sonrisa seguida de un leve gesto de saludo. En el norte, en el sur, en todos los rumbos de la ciudad de México se veían. Le pareció atractiva, quizá un tanto baja de estatura, con los labios carnosos y los ojos enormes; aunque en definitiva no era su tipo: demasiada seria para hacer juego con las paredes bohemias de su estudio, tapizadas de un lado al otro de libreros, cuadros, repisas, con ídolos de jade y botellas de ron a medio vaciar.

Una vez soñó con ella: Inés disfrazada de maja con un vestido negro de siete velos y una chalina azul sobre los hombros, se materializó en un cuarto de hotel, y Juan, con una navaja de afeitar, le rasgó el vestido que se partió en dos como una cáscara de nuez dejando al descubierto su cuerpo blanco y tenso espantado por un frió instantáneo, le acarició los pechos breves: dos pequeñísimos montículos; le pintó con la lengua un rastro de barniz que prolongó hasta el bajo vientre, allá donde el vello de Inés era lacio y ocultaba un lunar que comenzaba a humedecerse dejando en la boca de Juan un sabor a sal fina que compartió con ella, cuando, despues de recorrerla, se prendió de sus labios. Inés cerró los ojos, clavó las uñas en las sábanas, su corazón dio un vuelco, los dedos de Juan la separaban, penetraban en ella temblorosos y la hundían contra la cama haciendo que su espalda arqueara. Soñó con ella, y soñó tanto, que ambos se despertaron a medianoche, cada uno en su casa, por completo excitados y deseando que sonara el teléfono porque, para ese momento, ya habían adivinado que la mujer que estaba en todas partes era la misma que llamaba, y que el hombre que la seguía como su sombra era el mismo que le hablaba cada rato.

Sin embargo, los teléfonos se mantuvieron muertos, inútilmente enraizados al muro de sus cables: ni un campanillazo, ni un sonido, nada. Amaneció despacio. Juan pensó que esa nostalgia por ella, que esa necesidad de oírla era una ridiculez. Ni siquiera la conocía, ignoraba su nombre, no tenía ninguna prueba para apoyar su creencia de que la mujer que a diario se encontraba y la del teléfono fuesen una, había un abismo, un barranco de asegunes entre la mujer que el azar le ponía todos los días delante y aquella con quien acababa de soñar. Este sueño es una pendejada, se dijo. Estoy hecho un imbécil evocando a esa pinche vieja que de seguro a estas horas esta dormida debajo de un galán. Y otro tanto le pasaba a Inés por la cabeza: había despertado completamente desnuda y con el cabello revuelto: su camisón yacía desgarrado en el piso. Ella no creía en las casualidades: los constantes encuentros con ese hombre y las llamadas de teléfono debían ser parte de su plan. Soy una tonta, se dijo, ni siquiera con mis vecinos me tropiezo tan a menudo. Lo pertinaz de ese azar contradecía el sentido común y cualquier ley de las probabilidades. No había inocencia. La inocencia, ella lo sabía por su profesión, era lo mas sencillo de fingir y, aunque el se mostraba tan sorprendido como ella cuando en cada desembocadura de calle se topaban, debía ser una mera fachada tras la que ocultaría algún propósito trivial: la intención de meterla en una cama y desfogarse.

Inés decidió romper el juego. La sensación que le produjo el sueñe en el que Juan la había poseído, fue demasiado vívida hasta muy entrada la mañana. Era una sugestión estúpida muy estúpida que le impidió concentrarse y le resto inteligencia a su trabajo. Al salir del despacho, ya convencida de que Juan la espiaba para aparecérsele en cualquier sitio, dirigió su automóvil por avenidas nuevas, cerciorándose por el espejo retrovisor de que no la seguían; se alejó de su trayecto acostumbrado e inclusive para hacer tiempo y no volver a su casa en la hora en que el teléfono solía sonar, se detuvo en un bar del camino. Sin embargo. ahí estaba Juan, con un vaso de ron entre las manos, y un cerro de colillas apagadas en el cenicero y con la visa fija en ella. ¿Como la esperaba ahí, si ni siquiera ella habría sido capaz de prever su decisión de ultimo momento? Él también se sorprendió. Por razones análogas a las de Ines había dejado su estudio: no quería recibir llamadas, sino despejarse de la imagen recurrente que todo el día se había estado asomando como una obsesión en los trazos de la Maja que intentaba pintar. Los pinceles, en franca rebeldía, no daban el volumen vasto de los senos de la Maja, sino esos dos minúsculos pellizcos de carne estremecida que él había acariciado en su sueño y que, pese a resultarle excitantes, no servían para satisfacer los gustos vulgares del funcionario que le hizo el encargo. Juan la invitó a sentarse. Inés vaciló: no sabía si aceptar o salir huyendo de esa urdidumbre de casualidades que la arrinconaban. Juan pronunció la única frase que podía retenerla: Le juro que no la he seguido. Yo tampoco, respondió ella a la defensiva y tomo asiento. Sobre la mesita se extendió un silencio más explicativo que cualquier cosa que pudieran decirse. El reparo en ciertos detalles de la silueta de Inés que corroboraban la precisión del sueño, y ella ruborizándose miró las manos de Juan: exactamente iguales a las que la habían acariciado. Al notarlo, Juan le preguntó: También usted soñó conmigo. ¿verdad? Inés asintió contrayendo los labios: no hacía falta decir más, para que referirse a las llamadas telefónicas, los continuos encuentros, el tejido de hipótesis que cada cual había abordado, si ambos estaban al tanto, si todo, hasta los sueños, lo regía la suerte. La fuerza de esa evidencia hizo que se experimentaran como un par de conejos caídos en una trampa, como dos muñecos enredados por unas cuerdas toscamente invisibles. No quiero prestarme a este juego, dijo ella, es absurdo. Más bien, dijo el, es un juego muy serio, un juego trágico… ¿El destino? dijo Inés irónica y recuperando incredulidad. Sí, el destino, repitió Juan y se quedo pensativo. No me haga reír, no soy una boba a la que va a embelesar con la historia de que nacimos el uno para el otro, de que existe un poder sobrenatural que se ha propuesto unirnos. Entonces ¿Como explica tantas coincidencias? Yo no necesito explicarme nada y, para demostrárselo, vea que soy capaz de irme, como no hay nada que me ate a esta silla, y se puso de pie.

Esa noche Inés descolgó el teléfono para asegurarse de que nadie la perturbaría y coloco ante si la demanda de divorcio que debía corregir: ya no era el treinta ni el cuarenta por ciento lo que exigía la esposa, sino el cuarenta y cinco por ciento del salario del marido. Las cosas que pasan, se dijo y de un tirón redactó el nuevo convenio. En los días que siguieron Inés procuró eludir las esquinas del azar, se rehusó a responder el teléfono. Con todo, a la menor oportunidad se topaba con Juan: cuando hacía el rodeo mas largo o cuando tomaba el camino mas corto, ahí aparecía el: parado debajo de un semáforo o cruzando la calle delante de ella. Además su imagen, su voz y, sobre todo, sus manos se le presentaban en la pantalla del televisor, en los expedientes que debían estudiar, en la pared de su despacho donde colgaba el título de Licenciada en Derecho, en cada rincón al que dirigía la vista, y en los sueños, principalmente en los sueños. No había noche en la que no fuera perseguida por nos lobos endiablados o por una bruja montada en su escoba o por una pandilla de lanceros en la que no surgiera él, siempre estaba él al final de un túnel o a la vuelta de un recodo o detrás de una puerta. Con frecuencia descubría pensando en la frase que le dijo en el bar “Un juego muy serio”. Esta frase y las llamadas telefónicas y los encuentros accidentales eran como un martillo, como una hacha que golpeaba en los cimientos de su vida edificada por entero sobre los tribunales y de los tribunales a las miscelaneas y de las micelaneas a su oficina y de la oficina a los códigos y de los códigos al carajo. Su vida aclimatada, su vida estable, su vida que reposaba en los conflictos de sus clientes, en las querellas de sus clientes, en laboriosas declaraciones fiscales y en un sistema en el que la mordida, el regalo y la sonrisa eran capaz de aplazar los tiempos o de adelantar los sellos en las oficialías de partes o de inclinar los fallos de justicia: toda la ínsipida naturalidad de su vida se vino abajo como un árbol troncado o como una alacena abarrotada de trastos de loza corriente.

Juan tasajeó el cuadro de la Maja, bebió una botella de ron y fue a dar a un tugurio donde confundió a una puta con una pitonisa: le preguntó por el significado de la vida, si creía en los designios, en el destino, en la providencia, en la buena y en la mala suerte; pero la puta se lo quedó viendo e hizo una seña a unos padrotes que fumaban en la oscuridad: Llévense a este cabrón, les dijo, esta muy pacheco. El cielo estaba nublado: no había luna, lo único que descollaba eran las luces rojas de las antenas de los edificios. Pinche firmamento, dijo Juan, y se quedó tirado en la banqueta.

Hacía una semana de su entrevista con Inés y, salvo habérsela encontrado en rápidos cruceros, no había podido hablar con ella: cuando el teléfono llamaba corría hacia el, pero del otro lado no había nadie, o era el señor de cara regordeta que le avisaba de un nuevo amigo interesado en un retrato o era el funcionario de la Maja a quien daba largas.

Inés sucumbió en la tenacidad del azar. Era inútil seguir escondiéndose, inútil proseguir con esa resistencia. Había descuidado su trabajo, había perdido el apetito y el sueño, había amansado una cadena de torpezas que ponía en peligro su emergente prestigio profesional. Salió a la calle dispuesta a encontrarse con él: fue al bar, se estaciono en la esquina donde lo había visto por ultima vez, llego puntual a su casa para contestar el teléfono, pero cuando ella entro, el salio a buscarla, cuando el se presento en el bar, ella lo aguardaba en la esquina, cuando el fue al teatro, ella subió el ascensor y cuando el bajo del ascensor, ella estaba en el café del centro mirando una silla vacía. Aquella persecución se volvió un infierno cada vez mas desesperante, pues los dos intuían que tal como le sucedía a uno le estaría pasando al otro. La ciudad de México era un maldito laberinto de cruceros a destiempo, de caminos que no coincidían y cada cual maldijo no haber averiguado nunca ala dirección del otro, su numero telefónico, o su nombre. Conforme transcurrieron los días, la necesidad de verse fue en aumento, haciéndoles errar por sitios cada vez mas apartados. A diario se topaban con cientos de personas que casualmente convergían con ellos en algún punto; pero ninguna era Juan, ninguna era Inés: eran rostros ajenos, disfraces con los que la muchedumbre pretendía en vano singularizarse: caras que se olvidaban en el acto. Cada día era mas insoportable que el anterior.

El deseo de verse, de hundirse en la cama juntos para llegar hasta el fondo del otro y saborearse el alma, se les volvía mas apremiante. Por la noche la soledad los fermentaba, sus ojos giraban en el remolino del insomnio; los abrían, los cerraban, las ventanas comenzaban a clarear, el amanecer los descubría sentados, medio muertos: el cansancio los doblaba como el pez a la caña de pescar.

Los dos sintieron que la antigua rutina volvía a instalarse, que por mas esfuerzo que hicieran para propiciar un encuentro o por mas que esperaran el teléfono no sonaría. Pues no existían ya ni un espacio, ni un tiempo comunes para ellos. Y, sin embargo, no podían regresar a sus vidas de siempre: en el despacho faltaba algo, en el estudio faltaba algo, en cada esquina y en cada café había un boquete, un agujero por el que se fugaban el brillo, la importancia y las ganas de vivir. Juan se plantaba de frente al caballete: de los pomos abiertos subía un perfume de aguarrás y aceite linaza. Inés abría el Código Civil, revisaba en su memoria las causales de divorcio. Todo era tan familiar, tan mortalmente repetitivo. Ahí estaban el rojo bermellón y el azul de Prusia, el abandono del hogar y el adulterio, ese color azul hecho cianuro y esa demanda de machote hecha tantas veces. Ahí estaba la costumbre a sus anchas y, aunque en el ultimo momento, Inés concentró su esperanza al descolgar el teléfono solo para recibir una llamada equivocada, y Juan comprendió que de ella no habría de conservar ni un cepillo de dientes dejado por descuido en la repisa, ninguno de los dos hizo nada…

Y poco a poco, ceñidos por la curvatura del destino, dejaron de buscarse…
Shakespeare

Los chochos… del tiempo

•octubre 1, 2009 • Dejar un comentario

…El encuentro que tuve con el químico Forlán Zarate fue para mí la prueba definitiva, pues su invento, unos “chochitos” homeopáticos de color verde y rojo, posee la propiedad de CORREGIR NUESTRA VIVENCIA DEL TIEMPO. Con los chochos verdes, las lentas horas que parecen no fluir cuando uno espera o está aburrido, corren a gran velocidad y, en cambio, con los rojos, los fugaces instantes de placer o alegría se detienen y eternizan.

Forlán Zárate (así le gusta que lo llamen, pues odia los títulos universitarios) ha logrado controlar el tiempo subjetivo qué, según me explicó y con razón, es el que cuenta, pues el tiempo objetivo, el que miden los relojes de acuerdo con los intervalos isócronos, posee escaso valor vital.

“Todos sabemos, dijo, que los años no duran lo mismo que la infancia es torturantemente lenta y que en la vejez, los años se van como el agua; que las horas de tedio tardan días, mientras que los días de felicidad huyen como minutos, en suma, que lo decisivo para nuestra vida es cómo percibimos el tiempo. Es este nivel en el que intervienen los chochos”

“Como dijo Henry Bergson: “La duración depende de los estados de ánimo y de la edad”. Yo simplemente eh estudiado las sustancias químicas que se presentan en el organismo cuando experimentamos la lentitud o la velocidad del tiempo y las eh producido artificialmente. Mis chochos son en el fondo endorfinas sintéticas”

La trascendencia de los chochos de Zárate podrá calcularse con solo pensar en que, tanto para las sociedades superdesarrolladas como para las infradesarrolladas, el tiempo es un problema. A unos les resolverá el exceso de horas libres, el aburrimiento y el ocio y, a otros, la abundancia de horas de martirio y hambre. Con un chocho rojo podremos alargar, subjetivamente, el instante que dura la experiencia amorosa y, con uno verde, ¡o con varios! cruzaremos en un segundo de lunes a viernes para llegar lo antes posible al fin de semana.

El control de la vivencia temporal hará mas agradable nuestra vida que, bien vista, está llena de paja. ¿Por qué no saltar hasta el próximo minuto disfrutable, en vez de atravesar lenta y pesarosamente los siglos que duran los embotellamientos o los trámites burocráticos? ¿Por qué no ensanchar los segunds del clímax, los ratos de concordia y diversión, y comprimir a lo mínimo los interminables días de fastidio y mal humor?

Si nuestro trabajo es odioso bastará con ingerir un chocho verde al comienzo de la jornada; si, por el contrario, nuestro que hacer nos gusta y lo que sufrimos ES EL TIEMPO QUE PASAMOS EN CASA, pues con un chocho verde en el hogar y uno en la oficina. Chochos verdes con la esposa o el esposo y rojos con la amiga o el amigo. El invento de Zárate no vuelve mejor nuestra vida en los hechos, sólo corrige la vivencia de la duración: pone en nuestras manos las capacidad de decidir cuáles momentos deben durar más y cuáles menos.

No sé si se trata de una droga, “hasta ahora, no ha producido alucinaciones ni adicción, actúa simplemente como un acelerador o como un freno del tiempo subjetivo”…

A mí me convenció…
Pills

Estaba Guapísima

•octubre 1, 2009 • 2 comentarios

Estaba Guapísima como salida de las páginas centrales de un Playboy, maquillada y barnizada por unos conos de luz que bajaban del cielo señalándola, y con unos tacones platinados que añadían a si estatura real diez centímetros más de belleza, la vi pasar delante de mí. Era toda sensualidad y seducción; traía una larga y trasparente bufanda de perfume que se me prendió como una argolla de las fosas nasales obligándome a seguirla; avanzaba con un zapateo rítmico que desprendía del pavimento mensajes de amor en clave morse, polvo y chispas. Iba de norte a sur por la avenida de los insurgentes, los automovilistas detenían sus carros para mirarla, los transeúntes se quedaban atónitos o se sumaban al séquito de los que marchábamos tras ella, los tragafuegos proyectaban su lumbre entre quince y veinte metros soplando a todo pulmón, los limpiaparabrisas apretabán sus botellas de hule lanzando un chorro interminable de agua jabonosa, y en general los vendedores de semáforo dejaban caer estupefactos sus cajas de Klínex, sus charolas de muéganos, sus bolsitas de chichles, sus monos de peluche, sus rombos amarillos con letreros de “Suegra en la cajuela” o “Me 109 cito”, sus billetes de lotería, sus envoltorios de celofán con morelianas, sus caleidoscopios, sus carretes de hilo, sus alegrías, sus charamuscas, sus papalotes, sus máscaras de Blue Demon, sus llaveros pitadores y cuanto dije, juguete o algodón de dulce expendían.

Ella caminaba martirizando la banqueta con sus tacones de aguja, y con el sonido de sus peteneras, punta tacón, me llevaba como un zombi hipnotizado detrás de sus caderas. ¡Qué armonía de movimientos y qué manera de balancear las impurezas de este mundo!, qué aplomo para recuperar el paraíso, o por lo menos, qué forma de prometerlo y convencer de su existencia a todos los incrédulos.

Aquello era un verdadero acontecimiento, más importante que la firma de créditos frescos, que las campañas políticas, que los masivos emplazamientos a huelga; de hecho, el tránsito de esa mujer por Insurgentes estaba produciendo una huelga total de la industria del subempleo y cualquiera hubiera firmado un pacto con el diablo con tal de poseerla. Hombres, mujeres, ancianos y niños la miraban boquiabiertos: a más de cien maridos vi que sus esposas les cerraban la boca de una bofetada, a mas de mil mujeres noté que se les salía una lágrima de envidia que no supieron ocultar a tiempo, muchos cayeron infartados, algunos niños precoces quisieron renunciar a sus madres para irse tras ella, en la cara de los ancianos la nostalgia afloró abriendose paso entre los barrotes de las arrugas, en el rostro de los adolecentes irrumpía un acné súbito de granos y barritos que les reventaban la piel, en las puertas de los negocios la gente se asomaba para contemplar a aquella mujer que llevaba su belleza como un estandarte capaz de incrementar el turismo de nuestro país.

Hubiera querido alcanzarla, cerrarle el paso y presentarme; le habría dicho: Señorita, permítame hacerle una entrevista, soy reportero úcrónico, su recorrido esta conmocionando a la población, mire usted el embotellamiento que ha provocado, voltee, contemple a la multitud que le sigue; esta paralizando la vida comercial y los servicios a lo largo de esta avenida, ya se han defenestrado por lo menos tres personas que se estiraban mas allá de lo prudente por las ventanas de unos edificios, ¿qué se propone? ¿como se llama? ¿puedo acompañarla?, ¿qué va a hacer usted por la tarde, mañana, la proxima semana, toda la vida? La invito a comer, a cenar, a desayunar; le ofresco un cigarro, un café, una copa, mi mano, mi pie, mis horas favoritas.

Hubiera querido cercarla con miles de preguntas, todas por supuesto de corte periodístico y dictadas por mi más estricto sentido de responsabilidad para con mis lectores; pero cuando por fin me decidí alcanzarla, de nada me sirvieron mis credenciales, en cuanto le dirigí la palabra me traicionó mi condición de mexicano y no pude reprimir un “¡MAMACITA!” que venía desde mis raíces de clase; ella me dirigió a la cara sus cinco dedos ensortijados, más todo el antebrazo cargado de pesadas pulseras y me estampó la palma de la mano con tal fuerza que ya no supe más; supongo que rodé por la acera y me pisotearon sus admiradores, pues cuando desperté, ya de noche, por el hocico húmedo de un perro que me olisqueaba el cuello, me dolían las piernas y las costillas. Sólo me queda este recuerdo de las líneas de su mano impresas en mi mejilla, ojalá supiera algo de quiromancia para decifrarlas. Así, mientras escribo esta Ucronía y me aplico compresas frías para disminuir la hinchazón, no puedo dejar de pensar en que se me fue vivo el mejor reportaje de mi carrera periodística.
Guaú

El Manifiesto Fútil

•septiembre 28, 2009 • Dejar un comentario

“Desperdiciamos”:

Ante todo lo que azarosamente nos honramos de tener, ante las bellezas natas, ante la inteligencia y las capacidades, ante las grandes potencialidades que tenemos de ser, ante todo eso y más de lo que nos han dotado la genética imperante, nos hemos decidido ¿si así se puede llamar a una decisión basada en la negación? a un remedo de la última alternativa que menos esfuerzo nos propone, a una decisión que hemos adoptado como causa de una carente realidad de motivos valores y razones, pues esta yá se ha convertido en nuestra única razón, a “desperdiciar” como vocablo adoptado, el tiempo nominal.

…El manifiesto fútil no es para nadie que busque sacar provechosa información en el mínimo tiempo posible…

El Grán Asesino

•septiembre 28, 2009 • Dejar un comentario

No voy a mencionar el nombre del difunto, pues su familia no me lo perdonaría. Tampoco daré ninguna pista exacta, ni nada que pueda servir para identificarlo. Diré tan sólo que era un amigo mío, uno de esos amigos que la muerte vuelve mas entrañables, pues la vida con sus momentos redundantes y sus caminos divergentes da poca oportunidad para querer a nadie. Era mi amigo y no puedo negarle este recuerdo dictado más por su peculiar biografía que por la nostalgia que me despierta su pérdida. Y es que son pocos los hombres que, como él, nacen para ser homicidas.

La aventura genética de la que resultamos la mayoría de nosotros hace que se combinen genes comunes y corrientes, y que se obtenga el resultado que todos conocemos: millones y millones de hombres adocenados o, si se prefiere, de hombres amillonados que repletan el mundo sin poseer ninguna gracia, ninguna característica especial.

Mi amigo era diferente, pues en su árbol genealógico se habían dado cita las mas diversas razas: entre sus antepasados había orientales de ojos rasgados y profundo sentido del honor. Había germanos de modales vikingos que evolucionaron por los alambiques de la metafísica idealista hasta posturas ideológicas nazi fascistas, había amerindios convencidos de ser los elegidos del Sol. Guerreros que debía alimentar con sangre humana a Tonatiuh resplandeciente, y había africanos de tribus nómadas del sahara, de esos de larga chilaba y cimitarra curva. Mi amigo era el fruto de todas esas furias acrisoladas por el mestizaje, el azaroso resultado de un montón de cruzas genéticas que hicieron de él un hombre fiero al estilo de un perro doberman. Que es un producto deliberadamente conseguido, para reunir los instintos más agresivos, el cuerpo mas esbelto y correoso, y una magnífica mandíbula apta para matar.

Todo el peso de su herencia biologica que parecía seleccionada con insana intencion, lo empujaba al asesinato; había nacido predestinado como el chacal, el tiburón o el leopardo y, como ellos, mataba no por perversidad, sino por un irrefrenable impulso que en su caso, obviamente, estaba tamizado por la reflexión. Así, no solo provocaba víctimas, sino ese caudal extraordinario de pensamientos acerca del crimen que fueron la base de nuestra amistad: su filosofía del homicidio, sus conocimientos de las armas, sus explicaciones anatómicas para determinar cada una de las zonas vulnerables del cuerpo humano y, más que nada, el complejo andamiaje de razones que desarrollaba para conciliar sus actos con sus convicciones morales… Todo ello hacía que nos pasaramos las horas charlando con enorme regocijo de mi parte, pues no era un simple asesino repugnante, un vulgar fortachón sin escrúpulos, de esos a quienes la sociedad induce a tomar el oficio por el mero hecho de poseer unas manazas adecuadas para aporrear, sino que tenía las cualidades perfectas para dedicarse al exterminio de sus semejantes. Dueño de una enorme intuicion con la que desnudaba el alma de sus víctimas para saber cual era el momento oportuno, la hora exacta en que las encontraría hartas de la vida y por lo mismo sin ánimos para ofrecer ninguna resistencia.
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Muy rara vez se lamentaba de su destino: se había diseñado un mecanismo de justificación según el cual se comprendía así mismo como un factor de equilibrio ecológico, como un ser que se integraba al cosmos con la elevada misión de producir sentimientos altruistas y humanizantes: El temor, la indignación, la compasión.

Solo cuando sus instintos lo forzaban a liquidar a algún amigo o a la mujer con la que había compartido su implacable visión del mundo y su lecho, se hundía en reproches: se llamaba a sí mismo traídos y alevoso, pues asesinaba a sus seres mas queridos con premeditacion y ventaja y, por lo general, con procedimientos sanguinarios de una crueldad que ni siquiera los peores periódicos y revistas de atroz amarillismo se atrevían a divulgar.

Yo aprovechaba esas ocasiones para verlo en persona, pues como se comprenderá, la amistad que le entregaba estaba exenta de recelos y las más de las veces se interponían entre nosotros el recurso del teléfono o del correo. Cuando me accedía a reunirme con el-por fortuna jamás me equivoqué- mi amigo estaba maniatado por el remordimiento y tranquilo como los animales peligrosos que acaban de comer: ni siquiera así era inofensivo: lloraba y, con una sinceridad que me enternecía, se quejaba de que su mal no estuviera lo suficientemente extendido como para que existiera una Asociación de Asesinos, equivalente a la de Alcohólicos Anónimos. Yo lo consolaba recordándole algunos de sus argumentos. Su genealogía, la tarea que la naturaleza le había asignado, su importante papel social, en fin, le señalaba sus propias manos para que observara la postura que por descuido había adquirido: como si estuvieran empuñando un picahielo o un revolver, y le hablaba del excelso poeta homicida, Francois Villon.

Era un gran asesino, uno de esos pocos hombres que nacen con la suerte definida, uno de esos escasos individuos en los que el destino es manifiesto y no como en la mayoría de nosotros, que somos un mero manifiesto del azar. Es una pena que un par de ladronzuelos de poca monta, como hay tantos, lo hayan matado de esa manera tan torpe: a cuchilladas en un callejón. Merecía otro desenlace: esa muerte es una paradoja que no puedo admitir.

La señorita Nina Fomanía

•septiembre 19, 2009 • Dejar un comentario

La señorita Nina Fomanía siempre la encuentro caminando alegremente con esos aires de pomposidad con el que caminan todas las señoritas cuando la noche anterior conquistaron las estrellas. Sin demasiada preocupación, cree que gobierna al mundo por haber sometido al tirano que la poseyó, se pasea con aires de seguridad por todos lados. Sus aromas, que ya no son los mismos que había tenido hasta ayer, denotan en todo aquel que la percibe una pequeña exaltación de feromon y sexomon que nadie puede resistir. Viste diferente, camina diferente, me habla con la paciencia de quien sabe que la última palabra sera siempre la que ella me diga despúes…

Ese maldito yo

•septiembre 18, 2009 • 2 comentarios

¿Quién es ese yo desde el comienzo de mi preposición?

“Yo soy diferente de todas mis sensaciones”
No logro comprender cómo y en que ocaciones…
Ni siquiera aún logro comprender quién las experimenta…
Y por cierto, lamenta…

“Voluntad” es un vocablo carente de sentido

El hombre es libre… ¡Salve el mundo!
Salvo en lo que posee de mas profundo…
En la superficie hace lo que quiere
En sus capaz mas profundas, ¡hiere!

¿Excentricidad? Quizás pero solo para aquellos que ignoran el calvario de su propia jeta…

Tenemos por deberes,
nuestras aspiraciones mas grandes,
con nuestros mas dulces quereres.
Semejante enormidad despierta,
¡Lo tira todo por la cubierta!
sin pensar en otros…
el terrorista que duerme en nosotros.

¡Megalomano menguado sin reaccionar! Pronto te darás cuenta de que impunemente te volveras normal…

Todos sin excepcion somos impulsivos…
por esto mismo no deberíamos molestar a nuestros amigos
mas que para nuestro entierro
… y aun así si yerro…

¿si no vamos al suyo, iran al nuestro?
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